
Y me echo a llorar al atardecer mientras contemplo el horizonte, el cenit y la tierra.
La tormenta, el sol apagado, las sombras de la noche amenazando la tenue luz entre las nubes,
la lluvia incesante.
El niño completo, salvaje y fragil mirando hacia un futuro inexistente.
El niño herido que hay en mi y que de pronto emerge con una fuerza poderosa, con un magnetismo que hace que el mundo se despierte de su letargo y la intensidad de la vida se apodere de todas las cosas.
Con todo el dolor, con toda la rabia, con todo el deseo de amar intacto, con toda la confianza, con todo el miedo y con todo el valor.
Asi se deslumbra este niño envuelto en adulto o este adulto preñado de niño, ante la naturaleza, de la mano de un adulto o sin mano, -SOLO-, corriendo por el campo, subido a los arboles, salvaje en su encuentro con lo natural, desnudo, tirado sobre los helechos, calentando su cuerpo contra el barro y la lluvia cayendo en grandes gotas.
La laguna magica, tras saltar la valla del colegio, corriendo hacia ella, con otros como el. Ranas de San Antonio ( esas magicas ranas verdes, que se adhieren a la piel con manos de ventosa), salamandras y tritones, huevos, la vida, renacuajos, y el agua en la charca. La enorme encina y subirse a sus enormes ramas, descansando en la corteza del mundo vegetal, en mi segunda piel.
Agarrarme a los arboles, completamente desnudo y sentir la savia del arbol junto a tu propia sangre, en una sonoridad armoniosa, en una sincronia amorosa, en una fusion donde nada existe diferenciado. Balancearme y dejarme llevar por la sensualidad, por la musicalidad, por el aroma de los arboles, que me transporta hacia el cielo, hacia el olor de mi madre, hacia los senos de la mujer que amo, hacia el sosten de mi padre.
Me dejo caer hacia lo profundo de la tierra, hacia la oscuridad del centro, confundiendome con el barro, impregnado de tierra y de agua, atravesando capas y capas, cada vez mas profundas, sin deseos de retornar, solo ir hacia el centro del universo, hacia el centro de la tierra, hacia el centro de mi. Y alli encuentro al niño que habita en mi, con toda la curiosidad intacta, con su fragilidad, con esa capacidad de aventurarse, con la necesidad de ser visto. Me emociona ver su cara, mellado, con esas paletas tan grandes, la cara llena de pecas y los ojos luminosos.
Mientras la oscuridad de la noche lo envuelve todo.